La experiencia es uno de los activos más valiosos dentro de cualquier organización. Un trabajador que conoce sus tareas, domina los procedimientos y ha enfrentado diferentes situaciones operativas suele desempeñarse con mayor autonomía y eficiencia. Sin embargo, esa misma experiencia puede convertirse, paradójicamente, en un factor que aumente la exposición a determinados factores de riesgo laboral.
Con el paso del tiempo, algunas tareas dejan de percibirse como potencialmente peligrosas. La repetición genera familiaridad, la confianza aumenta y ciertos controles comienzan a parecer innecesarios. El trabajador experimentado puede pensar que, como nunca tuvo un accidente realizando una determinada actividad, tampoco ocurrirá en el futuro.
Este fenómeno no implica falta de compromiso con la seguridad. En muchos casos, responde a mecanismos psicológicos normales que influyen en la percepción del peligro y en la toma de decisiones. Comprenderlos es fundamental para desarrollar una verdadera cultura preventiva.
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Cuando una persona comienza un nuevo trabajo, suele prestar mucha atención a cada paso del procedimiento. Observa las instrucciones, consulta dudas y mantiene una mayor concentración porque todavía no domina completamente la actividad.
Con el tiempo, la repetición permite automatizar muchas acciones. Esto mejora la productividad, pero también puede reducir el nivel de atención consciente. Las tareas conocidas comienzan a ejecutarse de manera casi automática y el trabajador deja de analizar activamente cada posible desviación.
Esta situación puede generar una paradoja: cuanto más experiencia adquiere una persona, mayor es su capacidad para realizar una tarea rápidamente, pero también puede disminuir su percepción subjetiva del peligro.
Por este motivo, los factores de riesgo laboral no dependen únicamente de las condiciones físicas del entorno. También están relacionados con la manera en que las personas interpretan y valoran los peligros presentes en su actividad cotidiana.
La familiaridad tiene un efecto importante sobre el comportamiento humano. Cuando una persona realiza una actividad muchas veces sin consecuencias negativas, puede comenzar a interpretar esa experiencia como una evidencia de que la tarea es segura.Por ejemplo, un trabajador puede haber cruzado durante años una zona determinada de una planta sin utilizar siempre el recorrido establecido y nunca haber sufrido un incidente. Con el tiempo, esa conducta puede normalizarse.
El problema es que la ausencia de accidentes no significa ausencia de peligro. El riesgo continúa existiendo, aunque todavía no se haya materializado.
Este razonamiento puede resumirse de una manera sencilla: "si lo hice muchas veces y nunca pasó nada, probablemente no sea peligroso". Esta percepción puede favorecer la relajación de controles, la omisión de elementos de protección o la aceptación de prácticas inseguras.
La confianza es necesaria para trabajar con autonomía, pero cuando se transforma en exceso de confianza puede convertirse en uno de los factores de riesgo laboral más difíciles de detectar.
Un trabajador con muchos años de experiencia puede conocer perfectamente los procedimientos de seguridad y, precisamente por eso, sentirse capaz de identificar cuándo puede "flexibilizarlos". El problema aparece cuando esa capacidad de adaptación se basa en una evaluación incorrecta del peligro.
Frases como "siempre lo hicimos así", "esto lo hago en un minuto" o "no hace falta ponerse el equipo completo para esta tarea" son señales de alerta. No necesariamente indican una actitud negligente, pero sí pueden revelar una normalización del riesgo.La experiencia debería ayudar a identificar peligros con mayor precisión, no a subestimarlos.
En muchos entornos laborales, una práctica insegura no aparece de un día para otro. Puede comenzar como una excepción y, si no genera consecuencias, convertirse progresivamente en una conducta habitual.
Este proceso se conoce como normalización de las desviaciones. Una persona se aparta del procedimiento porque considera que la modificación es pequeña o temporal. Luego otros trabajadores observan esa conducta y comienzan a reproducirla. Finalmente, la desviación se incorpora a la rutina.
En este contexto, la experiencia puede reforzar el proceso. Los trabajadores más antiguos pueden convertirse involuntariamente en referentes para los nuevos integrantes del equipo. Si transmiten prácticas incorrectas, estas pueden consolidarse dentro de la cultura organizacional.
Por eso, la prevención no debe limitarse a capacitar a quienes recién ingresan. También es necesario revisar periódicamente los hábitos de quienes llevan años desempeñando la misma función.
Otro fenómeno psicológico relevante es la percepción de invulnerabilidad. Después de años de trabajo sin sufrir accidentes, una persona puede desarrollar la sensación de que los eventos graves les ocurren a otros, pero no a ella.
Este sesgo puede ser especialmente peligroso en actividades donde existen riesgos de alta severidad, aunque la probabilidad de ocurrencia sea baja.
Un trabajador puede haber operado durante décadas una maquinaria sin incidentes y asumir que su experiencia es suficiente para evitar cualquier problema. Sin embargo, una falla técnica, un cambio en las condiciones ambientales o una distracción puntual pueden modificar completamente el escenario.
La seguridad debe considerar que incluso los trabajadores más experimentados pueden cometer errores y estar expuestos a situaciones imprevistas.
La rutina tiene ventajas evidentes. Permite organizar el trabajo, reducir tiempos y mejorar la eficiencia. Sin embargo, también puede disminuir la capacidad de detectar cambios en el entorno.
Una tarea que normalmente se realiza en condiciones seguras puede volverse peligrosa si cambia alguno de sus elementos: una herramienta defectuosa, una superficie resbaladiza, una modificación en el proceso, una condición climática adversa o la incorporación de un nuevo equipo.
El trabajador experimentado puede continuar actuando según su esquema habitual sin identificar inmediatamente que las condiciones ya no son las mismas.
Por eso, una gestión efectiva de los factores de riesgo laboral debe fomentar la capacidad de detenerse, observar y reevaluar antes de actuar.
La experiencia suele estar asociada con una mayor productividad. Los trabajadores con más antigüedad conocen mejor los procesos y pueden completar determinadas tareas en menos tiempo.
Esto puede generar una presión adicional, especialmente cuando la organización premia principalmente la velocidad o los resultados productivos. En esas circunstancias, algunos trabajadores pueden comenzar a percibir los controles de seguridad como obstáculos para cumplir objetivos.
La eliminación de pasos, la reducción de tiempos de preparación o el uso incorrecto de equipos de protección pueden aparecer como "atajos" eficientes.
Sin embargo, cualquier ganancia de productividad obtenida mediante la exposición innecesaria al riesgo es, en realidad, una falsa eficiencia. Un incidente puede generar consecuencias humanas, operativas y económicas muy superiores al tiempo que se intentó ahorrar.
La prevención debe abordar tanto las condiciones de trabajo como los factores humanos. No alcanza con establecer procedimientos: es necesario conseguir que las personas comprendan por qué deben cumplirse y que mantengan una percepción activa del riesgo.
Una estrategia efectiva puede incluir varias acciones.
Capacitación continua
La formación no debería finalizar después de la inducción inicial. Los trabajadores experimentados también necesitan actualizar conocimientos, revisar procedimientos y analizar nuevos riesgos.La capacitación periódica puede incorporar casos reales, análisis de incidentes y ejercicios prácticos que ayuden a cuestionar hábitos adquiridos.
Observación de tareas
Las observaciones preventivas permiten identificar comportamientos que se han normalizado con el tiempo. El objetivo no debería ser únicamente detectar incumplimientos, sino comprender por qué ocurren.Una conversación directa con el trabajador puede revelar obstáculos operativos, procedimientos poco prácticos o condiciones que favorecen las desviaciones.
Promover el derecho a detener una tarea
Una cultura de seguridad madura debe permitir que cualquier trabajador detenga una actividad cuando detecta una condición insegura, independientemente de su antigüedad o posición.Esto ayuda a evitar que la experiencia se convierta en una barrera para comunicar riesgos.
Utilizar la experiencia como recurso preventivo
Los trabajadores experimentados poseen un conocimiento operativo que puede ser extremadamente valioso. Conocen los procesos, identifican anomalías y suelen detectar cambios que otros no perciben.La clave está en transformar esa experiencia en conocimiento preventivo. Involucrarlos en evaluaciones de riesgos, análisis de incidentes y elaboración de procedimientos puede fortalecer la seguridad de toda la organización.
La experiencia no debe considerarse un problema. Al contrario, es una herramienta fundamental para mejorar la seguridad. El desafío consiste en evitar que la confianza derivada de los años de trabajo se transforme en una percepción equivocada de invulnerabilidad.Una organización preventiva debe crear espacios donde incluso los trabajadores más experimentados puedan cuestionar sus propios hábitos. La pregunta no debería ser únicamente "¿cuántas veces hice esta tarea?", sino también "¿qué cambió desde la última vez que la realicé?".Los factores de riesgo laboral pueden evolucionar con el tiempo y también puede cambiar la manera en que las personas los perciben. Por eso, mantener una actitud de alerta permanente es fundamental.
Los trabajadores experimentados no bajan la guardia necesariamente por falta de compromiso. En muchos casos, la familiaridad, la rutina, el exceso de confianza y la normalización de desviaciones pueden modificar progresivamente su percepción del riesgo.
La prevención efectiva requiere reconocer estos mecanismos y actuar antes de que una conducta insegura termine en un accidente. La capacitación continua, la comunicación abierta, la observación preventiva y la participación activa de los trabajadores son herramientas esenciales.
La verdadera experiencia profesional no consiste en asumir que "nunca pasó nada", sino en comprender que cada jornada presenta condiciones diferentes y que ningún trabajador es completamente inmune al riesgo.
En seguridad laboral, la experiencia debe servir para reconocer mejor los peligros, anticiparse a ellos y tomar decisiones más seguras. El objetivo final es construir una cultura donde la confianza y el conocimiento adquirido durante años no reduzcan la percepción del riesgo, sino que permitan gestionarlo con mayor inteligencia y responsabilidad.